domingo, 6 de abril de 2014
domingo, 12 de enero de 2014
¿Por qué no le tengo miedo a morir?
Durante 16 gloriosos años, di clases a chicos de undécimo grado en una escuela secundaria especializada de Miami. Para mí, dar clases no era una forma de ganarme la vida. Era mi vida.
Nada me hacía más feliz o me satisfacía más que estar al frente en un salón de clases y compartir las obras de escritores como Shakespeare, Chaucer, Jack Kerouac, Tupac Shakur y Gwendolyn Brooks y ver a mis estudiantes "atrapar" mi pasión por el lenguaje y la literatura.
Disfrutaba viendo a estos jóvenes de 15 y 16 años enfrentar sus primeras decisiones importantes en la vida —futuras carreras, relaciones, dónde vivir, a qué universidad ir, qué estudiar— al mismo tiempo que aprenden a conducir, obtienen su primer trabajo y experimentan con la identidad e independencia.
No hubo un día en el que no me sintiera privilegiado de ser parte de sus metamorfosis y agradecido por la oportunidad de afectar sus vidas.
Mi salón de clases era mi santuario, así que el día antes de Acción de Gracias en 2006, cuando me diagnosticaron un cáncer en el cerebro incurable a la edad de 34 años y me dijeron que me quedaba menos de un año de vida, hice lo que siempre había hecho. Fui a la escuela. Necesitaba que mis estudiantes supieran que confiaba en ellos para compartirles el paso más sacrosanto de la vida. La muerte.
Ellos, a cambio, me ayudaron a disfrutar el momento y a usar bien el tiempo que me quedaba. En seis años, el único de tiempo en que no estuve en el salón de clases fue cuando me sometí a una cirugía cerebral. Nunca evité hablar con mis estudiantes del hecho de que tenía cáncer, glioblastoma multiforme, pero tampoco hablábamos constantemente.
Cubrí mi cabeza calva y lacerada con un gorro de lana y programé la quimioterapia alrededor de mis clases; logré funcionar tan bien estando enfermo que podía correr al baño, hacer mis necesidades, levantarme, cepillarme los dientes y apresurarme de vuelta a la clase en menos de tres minutos. Ellos hacían como si no lo notaban. Durante ese tiempo, incluso fue elegido "Maestro del año" en mi región. Daba gracias por cada respiración y sentía que podía vivir así para siempre.
Luego, hace dos veranos, el tumor en mi cabeza decidió actuar. Estaba jugando billar con un amigo cuando tueve una catastrófica convulsión que me dejó paralizado y casi ciego. Luego de dos meses de terapia física y un nefasto pronóstico, me vi obligado a enfrentar el hecho de que ya no podía ser el maestro que fui y presenté mi renuncia.
El cáncer finalmente había logrado sacarme del salón de clases, pero no estaba dispuesto a permitir que me sacara de la vida. No le tenía miedo a la muerte. Temía vivir sin propósito.
Parafraseando a Nietzsche, una persona que tiene un "porqué" para vivir siempre encontrará un "cómo". Mi "porqué" siempre habían sido mis estudiantes. Sólo tenía que encontrar un nuevo "cómo". Como ya no había un salón de clases para que pudieran venir a mí, decidí ir yo a ellos.
En septiembre de 2012, publiqué mi plan en Facebook. Dije que quería pasar el tiempo que me quedaba visitando a mis antiguos alumnos. Mi propósito era tener una oportunidad de ver por mí mismo qué estaban haciendo y ser testigo de cómo, si es que en algo, los había ayudado a formar sus vida. Era una oportunidad que pocas personas tienen, pero muchas, particularmente en el caso de maestros, codiciarían.
Tan sólo horas después de hacer la publicación, tenía invitaciones de estudiantes en más de 50 ciudades de todo el país. A principios de noviembre, comencé mi viaje; recorrí Estados Unidos en bus y en tren, acompañado de mi bastón de punta roja.
En los tres meses siguientes, recorrí más de 8.000 millas (12.874 kilómetros) desde Miami a Nueva York, al centro de Estados Unidos y Golden Gate de San Francisco, visitando a cientos de mis antiguos alumnos. Mi esperanza era descubrir que había inculcado al menos en algunos de ellos un amor duradero por los libros y la literatura y una profunda curiosidad por el mundo. Sin embargo, lo que mi viaje me enseñó fue algo más gratificante incluso.
Lo que aprendí de mis viajes fue que mis estudiantes se habían convertido en personas amables y bondadosas.
Personas que me levantaban cuando me caía en la calle, me leían libros cuando no podía ver y cortaban mi comida cuando no podía agarrar un cuchillo. Compartieron conmigo sus secretos más profundos, me presentaron a sus familiares y amigos, me cantaron mis canciones favoritas y me recitaron mi poema favorito.
Tal como esperaba, recordaron sus lecciones y libros favoritos que habíamos trabajado en clase, pero para mi grata sorpresa, fue el tiempo que pasamos juntos lo que parecía tener más importancia para ellos. Esos breves e íntimos intervalos entre las lecciones cuando compartíamos penas, vulnerabilidades y victorias fueron los momentos que mis estudiantes recordaban.
Y fue por ellos que comprendí que esos momentos tan humanos, cuando nos conectamos en un profundo nivel personal, eran los que hacían que mi vida fuera tan rica, en ese momento y ahora. Mis estudiantes me habían enseñado la lección más grande de todas. Me enseñaron que lo que importa no es tanto lo que aprendemos en clase, sino lo que sentimos en nuestros corazones.
Soy un hombre pragmático. Sé que no hay razón por la cual debería seguir vivo. El cáncer nunca me deja olvidar que es él y no yo, quien al final ganará esta batalla de voluntades. Sé que la enfermedad se saldrá con la suya en mi caso, más temprano que tarde.
Mis extremidades se están debilitando y mi memoria se desvanece. A medida que mi mundo se apaga a causa del tumor que crece en mi cabeza, veo incluso con más claridad que nunca los regalos que la promesa de una muerte temprana ha traído.
Mis viajes han terminado, pero mis estudiantes están ahí, a una llamada telefónica, un correo electrónico o un mensaje de distancia. Y de las lecciones que aprendí en el camino, yo, tomando prestadas las famosas palabras del gran Lou Gehring, moriré sintiéndome como el hombre más afortunado de la Tierra.
Fuente:http://cnnespanol.cnn.com/
jueves, 2 de enero de 2014
Concierto de Año Nuevo.
- Hoy 1 de enero, como ya es costumbre (74 ediciones), El Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena en Austria, en esta oportunidad dirigido bajo la batuta de Daniel Barenboim, que ya tuvo el honor en 2009.
- Cada año mejora al anterior, la programación exquisita, incluyendo los comodines o extras como el famoso Danubio Azul de Johann Strauss hijo o mejor conocido como Johann Strauss II.
- Tarea casi imposible intentar asistir en persona al Concierto, hay listas de espera desde el año anterior y las entradas se adjudican por sorteo, "en teoría" sólo 700 agraciados pueden apreciarlo en persona y las entradas según Google, oscilan entre los 30 y 940€.
- Pero bueno, menos mal que podemos disfrutarlo desde la comodidad de nuestra casa porque se retransmite en directo a más de 85 países y en alta definición, aprovechando un despliegue tecnológico que nos permite disfrutar incluso de los detalles de la Sala Dorada de la Musikverein que es donde tiene lugar.
- Aquí en España se ha trasmitido a las 11,15 h, como de costumbre por La 1, y en alta definición en TVE HD.
- El programa del concierto, compuesto en su mayoría por obras de la dinastía Strauss, ha ofrecido también piezas del francés Leo Délibes, y los austríacos Joseph Lanner y Joseph Hellmesberger, que los filarmónicos supieron interpretar con su legendaria brillantez y precisión.
- Tras el receso ofrecido con el ballet de Délibes, la obra de Josef Strauss siguió dominando hasta el final del concierto, con el vals "Dynamiden" y la polka "Sin angustia", que siguieron con la estela optimista del concierto justo antes de los esperados "El Danubio Azul" y la "Marcha Radetzky", acompañada por las palmas del público. Este año como hecho singular durante la "Marcha Radetzky" El director se dedico a saludar estrechando su mano a cada uno de los músicos de la orquesta un anécdota sin precedencia.
- El año que viene dirigirá el recital de música clásica más mediático del planeta el veterano director indio Zubin Mehta, en la que será la quinta vez en la que dirige el Concierto de Año Nuevo.
A todos y todas Feliz Año 2014 ... y recordad !Año Nuevo Lucha Nueva!
martes, 24 de diciembre de 2013
Esperando a Jesús
Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria.
La Virgen nos alienta en esta víspera del Nacimiento de su Hijo a no dejar jamás la oración, el trato con el Señor. Sin oración estamos perdidos, y con ella somos fuertes y sacamos adelante nuestras tareas.
Entre otras muchas razones, «debemos orar también porque somos frágiles y culpables. Es preciso reconocer humilde y realmente que somos pobres criaturas, con ideas confusas (...), frágiles y débiles, con necesidad continua de fuerza interior y de consuelo. La oración da fuerzas para los grandes ideales, para mantener la fe, la caridad, la pureza, la generosidad; la oración da ánimo para salir de la indiferencia y de la culpa, si por desgracia se ha cedido a la tentación y a la debilidad; la oración da luz para ver y juzgar los sucesos de la propia vida y de la misma historia desde la perspectiva de Dios y desde la eternidad. Por esto, ¡no dejéis de orar! ¡No pase un día sin que hayáis orado un poco! ¡La oración es un deber, pero también es una alegría, porque es un diálogo con Dios por medio de Jesucristo!».
Hemos de aprender a tratar cada vez mejor al Señor a través de la oración mental –esos ratos, como ahora, que dedicamos a hablarle calladamente de nuestros asuntos, a darle gracias, a pedirle ayuda..., ¡a estar con Él!– y mediante la oración vocal, quizá también con oraciones aprendidas cuando éramos pequeños. No encontraremos a lo largo de nuestra vida a nadie que nos escuche con tanto interés y con tanta atención como Jesús; nadie ha tomado nunca tan en serio nuestras palabras como Él. Nos mira, nos atiende, nos escucha con extremado interés cuando hacemos nuestra oración.
La oración es siempre enriquecedora. Incluso en ese diálogo «mudo» ante el Sagrario en el que no decimos palabras: basta mirar y sentirse mirado. ¡Qué diferencia de la frecuente palabrería de muchos hombres, que nada dicen porque nada tienen que comunicar! De la abundancia del corazón habla la boca. Si el corazón está vacío, ¿qué podrán decir las palabras? Y si está enfermo de envidia, de sensualidad, ¿qué contenido tendrá el diálogo? De la oración, sin embargo, salimos siempre con más luz, con más alegría, con más fuerza. Poder hacer oración es uno de los dones más grandes del hombre: ¡hablar y ser escuchado por su Creador! ¡Hablar con Él y llamarle Amigo!
En la oración hemos de hablar al Señor con toda sencillez. «Pensar y entender lo que hablamos y con quién hablamos, y quiénes somos los que osamos hablar con tan gran Señor, pensar esto y otras cosas semejantes de lo poco que le habemos servido y lo mucho que estamos obligados a servir, es oración mental; no penséis que es otra algarabía ni os espante el nombre».
Algunos pueden pensar que la oración es extraordinariamente difícil de hacer, o que es para personas especiales. En el Santo Evangelio podemos ver una gran variedad de tipos humanos que se dirigen al Señor con confianza: Nicodemo, Bartimeo, los niños, con quienes el Señor se goza especialmente, una madre, un padre que tiene un hijo enfermo, un ladrón, los Magos, Ana, Simeón, los amigos de Betania... Todos ellos, y nosotros ahora, hablamos con Dios.
En la oración, es importante la perseverancia y las buenas disposiciones: entre ellas, la fe y la humildad. No podemos llegar a la oración como el fariseo de aquella parábola dirigida a algunos que confiaban en sí mismos y despreciaban a los demás. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: Oh Dios, te doy las gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones... Ayuno dos veces por semana... Enseguida nos damos cuenta de que el fariseo ha entrado al Templo sin amor. Él es el centro de sus pensamientos y el objeto de su propia estimación. Y, en consecuencia, en vez de alabar a Dios se alaba a sí mismo. No hay amor en su oración, no hay tampoco caridad; no hay humildad. No necesita a Dios.
Por el contrario, podemos aprender mucho de la oración del publicano, humilde, atenta –con la mente fija en la persona con quien hablamos–, confiada. Procurando que no sea monólogo en el que nos damos vueltas a nosotros mismos, recordando situaciones sin referirlas a Dios, o dejando incontrolada la imaginación, etcétera.
El fariseo, por falta de humildad, se marchó del Templo sin haber hecho oración. Hasta en eso se puso de manifiesto su oculta soberbia.
El Señor nos pide sencillez, que reconozcamos nuestras faltas, y le hablemos de nuestros asuntos y de los suyos. «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?”—¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.
»En dos palabras: conocerle y conocerte: “tratarse”».
«Et in meditatione mea exardescit ignis —Y, en mi meditación se enciende el fuego. —A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz.
»Por eso, cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera. —Y habrás aprovechado el tiempo»9.
Sobre todo al principio, y a veces por temporadas, nos ayudará el servirnos de un libro, como el cojo se sirve de sus muletas, para ir adelante en nuestra oración. Así hicieron también muchos santos. «Si no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a tener oración sin libro; que tanto temía mi alma estar sin él en oración, como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era como una compañía o escudo en que había de recibir los golpes de los muchos pensamientos, andaba consolada».
Habitualmente, nuestra oración debe concluir en precisos propósitos de mejora. Preguntaremos con sinceridad al Señor: ¿qué deseas de mí en este asunto concreto que he estado considerando?, ¿cómo puedo mejorar yo ahora en esta virtud?, ¿qué debo proponerme de cara a los próximos meses para cumplir tu Voluntad?
Ninguna persona de este mundo ha sabido tratar a Jesús como su Madre y, después de su Madre, San José, quien debió pasar largas horas mirándole, hablando con Él, tratándolo con toda sencillez y veneración. Por esto, «quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino».
Al terminar nuestra oración contemplamos a José muy cerca de María, lleno de atenciones y de delicadezas hacia Ella. Jesús va a nacer. Él ha preparado lo mejor que ha podido aquella gruta. Le pedimos nosotros que nos ayude a preparar nuestra alma, a no estar dispersos y distraídos cuando tenemos tan cerca a Jesús.
Libro:Hablar con Dios. Ediciones Palabra. Don Fernández Carvajal
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